Los gnomos no llegan a limpiarse el culo y no les haría falta si no salieran en esos repelentes cuentos infantiles para “niños de ciudad”. Ellos viven en el bosque (los gnomos) y en el bosque uno no se limpia el culo. Una vez llamada la atención de los marquesitos redomados, Corte de la gran ciudadela donde reinan los cocodrilos bajo las alcantarillas, en los jerseys y sobre los descapotables sin velocidad media…me dirijo a usted, “Sr del Nilo”, y no se asuste, porque en el monte las personas se limpian el culo.
Es un ser inerte. Indiferente. Prepotente. Indignado por el tamaño de su miembro, pequeñito al venir en el mismo pack que el teléfono móvil con el que acordaba pasar y cortar la droga,… “Sr del Nilo” usted vive pisando y hundiendo a colazos a los gnomos, a las gacelas, a las palomas que pretenden cruzar el río de fango donde usted lleva tanto tiempo metido.
A mi abuelo no hay bicho que se le resista. Para él el juzgado no es un lugar de recreo como para usted y si allí ha de clavarle la ajadica, así será. “Sr del Nilo”, deseo que deje de sonreír maléficamente por los arrabales porque su prepotencia se volverá contra usted algún día. Deje a mis “niños de ciudad” apartados de sus fauces porque ya tienen bastante con crecer a la orilla de su río de horror.
En la retina no guardamos nada, me sorprende que digan que los recuerdos se guardan allí porque no es así. No almacena recuerdos, simplemente éstos, aún en forma de ignorantes visiones, han de pasar por allí porque tienen que dar una vuelta sobre si mismos para que nuestro cerebro los admita en su salón, en el salón de los recuerdos, donde se van colgando en las paredes, van sentando en los sofás, escribiendo sobre un papel, dejando besar por unos labios o tocar por unas manos... Como si fueran modelos de moda, el diseñador decide cuando está lista cada señorita para salir a la pasarela. Es un cristal dentro de una habitación, o mejor, un espejo donde cada visión se mira y se retoca cuidadosamente para pasar sin hacer mucho ruido.
Algunos entran de forma violenta, sin llamar y sin mirarse en el espejo; otros hacen amago de entrar de tal forma que creíste que entró pero simplemente fue un deseo vago y hondo el que te hizo pensar que fue admitido; otros nunca llegan a entrar como las clases diarias antes de la hora de comer; otros entran por la ventana, por la chimenea o por los conductos de ventilación, y de esos poco maleducados recuerdo algun beso en la total oscuridad, algún olor de algún cabello e incluso algún miedo de esos que producen vértigo.
Los recuerdos tropiezan, y se caen, otros se levantan y caminan y se dejan ver por el centro del salón. Sin embargo tú estás fuera del salón, lo sé porque mi retina aún tiembla cuando cada día te veo y por eso se que tú nunca abriste esa puerta, que sigues entorpeciendo la cola de entrada al salón aún a sabiendas que tienes un huequecito en el sofá, al lado de la chimenea. No eres un recuerdo porque no puedo olvidarte, eres una imagen que juega a salir a la pasarela dando saltos, a entrar al salón sin tacones o a arañar el cristal del resto de mis visiones...y eso me destroza pero a la vez, sin saber bien por qué, me hace sentir vivo.
Sobre el escritorio yacen los combatientes decaídos de faz blanca; decapitados los soldados que no dieron más sí; arrugados e inservibles mueren por los rincones de la habitación aquellos que quisieron hacer la historia a su manera, y no pudieron; hay pintadas de sangre azul sobre sus manos, sobre la hierba de la madera; un círculo perfecto de luz solar delimita el campo de batalla y en el límite entre la luz y la oscuridad, la quietud del lugar queda rota por un superviviente, un soldado victorioso que se aleja de la batalla y de la luz con paso maltrecho, dolido de sus hombros, de su espalda, con la vista nublada de tanto dolor, ignorante y cansado, sin saber que será él, quien el día de mañana, escriba la historia a su manera.
Se querían. Pero la angustia de los pequeños detalles absurdos era la que más les impedía respirar. Detalles que eran gigantes pisando sobre sus pechos. Y si conseguían gritar, tan pequeño era su espacio vital que el mismo eco les devolvía el golpe, haciéndoles sangrar los oidos.
Era un mundo demasiado diminuto para los dos, donde sobraba todo lo demás, hasta que hizo tanta falta que empezaron a perderse ellos; empezaron a faltar sus miradas encaminadas a un horizonte más ancho; empezaron a faltar sus te quieros cuando eran muy a menudo; empezaron a faltar las sonrisas que tumbaron gigantes.
El problema de las cosas pequeñas es que se pierden y no te das cuenta hasta que no puedes sonreir porque te falta la sonrisa; te falta el beso; la caricia; la mirada... que se escurren de los bolsillos de un amor agujereado.
Cuando no podían gritar, las lágrimas de los dos las lloraba ella; temía y él se hacía fuerte; clavaba en su corazón las agujas con las que él cosía su disfraz. Él siempre dijo que no la necesitaba, pero ambos sabían que sin ella era débil, era frágil, sucio, cobarde... Él miraba su miedo, miraba su frío, sus ruegos... sabía que temblar a su lado significaría admitir que no era capaz de tumbar gigantes si ella no le hacía ver que podía.
Se querían. A pesar de eso se querían. Pero perdieron sus sonrisas, y no se acordaron de mirar en el espejo
Los que nos aislamos de las multitudes no somos genios teatrales ni marionetas de sonrisa fácil...la mayor parte del día. He de reconocer que muchas mañanas sonrío, aún llevando lágrimas por dentro, me paro a conversar donde hubiera preferido pasar de largo..sé que después necesitaré no tener que pensar en todo esto. Todos sonríen. La mayoría de la gente sonríe y me apuesto las cinco mías de mañana a que la mitad de ellos son puros autómatas, robots, o simplemente esclavos de una sociedad que parece, sólo parece, ser feliz.
Llego a mi casa. Por fin solo. Sólo silencio. Qué bien suena. Qué manera más sutil de pedirme que me calle. Es tan débil su voz que he de dejar de respirar para escucharle. Después le respondo en su mismo idioma. "No digas nada, si lo que vas a decir no es más bonito que el silencio", decía un proverbio árabe. Quiero volar por encima del humo que apesta estos rascacielos, dejar de escuchar el ruido de los engranajes de este mundo oxidado, sucio y perdido.
El otro día en clase escuché a una compañera hablar de su maquillaje matutino, de su mascota favorita, de su padre que la castigó por gastarse un dineral en ropa cara...del porcentaje y las causas de depresión en el mundo (tema que tratabamos durante esa hora), no entendí nada. Tampoco escuché que hablara de cómo se debían sentir sus padres. No le contó que realmente se sentía sola.
Las cosas importantes que se dicen por ahí son las que no se oyen, por eso existe el silencio. El ruido duele y no deja escuchar el murmullo silente que todos dejamos entre nuestras palabras, ese murmullo que grita de rabia, de dolor, de pasión, de alegría, de duda...sin llegar a hacerse palabra. De ahí que no me gusten las multitudes. Prefiero hablar contigo a solas, donde pueda escuchar tu silencio y sonreír sin preocuparme de las sombras y las luces que envulven nuestra conversación, que nos hacen dudar de lo que sentimos en ese preciso momento.